Visiones de Águila
Si salgo a volar, como ahora, nunca sé adonde voy a ir. Es mi forma de saber, es mi forma de volar. Es mi volar de formas, es mi saber de vuelos.
Dejo de ser un tímido pájaro, me calzo las alas de águila -una dorada, otra plateada-, mi pico, algunos silencios para el camino y estos nuevos ojos con los que estoy mirándote por dentro, por fuera. Al principio te veo lejos y distante, nunca sé de allí si eres tú o un ciprés, un gato, un ratón o una pirámide sonora y vibrante. Más cuando eres tú, la de siempre, mis ojos se humedecen nuevamente, siempre presentes, como el primer día que volamos juntos.
Las águilas también conocemos el miedo. A lo que más temo es a que no estés en el prado de la nueva tierra. Es mi miedo que me impulsa y mi impulso que da miedo, la alquimia que transforma el temor en vuelo majestuoso. Es el aire que zumba en los oídos, lo que me recuerda y forma en el cielo, tu rostro escondido y sereno. Es la nueva tierra que emerge radiante y amapola, desde el centro de la vieja -por su columna vertebral- la que me llama para buscarte. Eres tú la emperatriz de este nuevo ciclo que ya pronto llega, el que estamos fundando entre vuelo y vuelo con todos los hijos de la noche y del nuevo amanecer.
Cuando salgo a volar, como siempre, el vuelo sabe más que yo y me descubre a mí mismo en los espirales que traza. Me dejo llevar hasta que apareces y te devoro, para ser tú, para ser dos en uno -hombre-mujer, mujer-hombre- para que estemos juntos, para que renazcas en aquel último arcano, para que con sus cuatro elementos demos a luz al hidalgo del nuevo día, para que cantemos las memorias de otros pueblos que en los humos de la salvia blanca renacen transfigurados, para que sepamos que no estamos solos y las partituras espontáneas del ritual que resuena con sus tambores, vientos y alabanzas…
Las águilas también somos como niños. Me gusta jugar a que estés en el círculo eterno de tu presencia. Es este lúdico momento el que siempre me sorprende, es siempre mi sorpresa que me mantiene en el momento. Mi sorpresa, que hermosa manera de hacer tronar nuestras sonrisas, nuestros sexos, nuestras aventuras voladoras que traspasan este pequeño cosmos y abrazan hermanos de las estrellas.
Cuando salgo a volar, siempre llego al mismo lugar que siempre es nuevo. Eres tú niña-mujer que vive eternidades. Allí descubro que eres la virgen cósmica, la madre y la hija, y la que transita en las calles de las viejas ciudades, que están transformándose impredeciblemente con los huracanados y los temblorosos. Yo vivo en tu placenta, tú vives en mi semilla y los dos, humanidad entera, en el ojo bruñido de un dios que está despertando.
Cuando salgo a volar, cuando salgo a volar, cuando salgo a volar… siempre te encuentro.
Dejo de ser un tímido pájaro, me calzo las alas de águila -una dorada, otra plateada-, mi pico, algunos silencios para el camino y estos nuevos ojos con los que estoy mirándote por dentro, por fuera. Al principio te veo lejos y distante, nunca sé de allí si eres tú o un ciprés, un gato, un ratón o una pirámide sonora y vibrante. Más cuando eres tú, la de siempre, mis ojos se humedecen nuevamente, siempre presentes, como el primer día que volamos juntos.
Las águilas también conocemos el miedo. A lo que más temo es a que no estés en el prado de la nueva tierra. Es mi miedo que me impulsa y mi impulso que da miedo, la alquimia que transforma el temor en vuelo majestuoso. Es el aire que zumba en los oídos, lo que me recuerda y forma en el cielo, tu rostro escondido y sereno. Es la nueva tierra que emerge radiante y amapola, desde el centro de la vieja -por su columna vertebral- la que me llama para buscarte. Eres tú la emperatriz de este nuevo ciclo que ya pronto llega, el que estamos fundando entre vuelo y vuelo con todos los hijos de la noche y del nuevo amanecer.
Cuando salgo a volar, como siempre, el vuelo sabe más que yo y me descubre a mí mismo en los espirales que traza. Me dejo llevar hasta que apareces y te devoro, para ser tú, para ser dos en uno -hombre-mujer, mujer-hombre- para que estemos juntos, para que renazcas en aquel último arcano, para que con sus cuatro elementos demos a luz al hidalgo del nuevo día, para que cantemos las memorias de otros pueblos que en los humos de la salvia blanca renacen transfigurados, para que sepamos que no estamos solos y las partituras espontáneas del ritual que resuena con sus tambores, vientos y alabanzas…
Las águilas también somos como niños. Me gusta jugar a que estés en el círculo eterno de tu presencia. Es este lúdico momento el que siempre me sorprende, es siempre mi sorpresa que me mantiene en el momento. Mi sorpresa, que hermosa manera de hacer tronar nuestras sonrisas, nuestros sexos, nuestras aventuras voladoras que traspasan este pequeño cosmos y abrazan hermanos de las estrellas.
Cuando salgo a volar, siempre llego al mismo lugar que siempre es nuevo. Eres tú niña-mujer que vive eternidades. Allí descubro que eres la virgen cósmica, la madre y la hija, y la que transita en las calles de las viejas ciudades, que están transformándose impredeciblemente con los huracanados y los temblorosos. Yo vivo en tu placenta, tú vives en mi semilla y los dos, humanidad entera, en el ojo bruñido de un dios que está despertando.
Cuando salgo a volar, cuando salgo a volar, cuando salgo a volar… siempre te encuentro.

2 Comments:
Felicidades!!!! por el reencuentro del vuelo, tu visión de aguila es la que nos guia, pues es la conciencia infinita uqe nos hace navegar en la tierra.
Gracias dana!
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