13.12.05

Rituales Escondidos

Cierro los ojos y allí lo veo, detrás del fuego, coronado de un bosque de sombras verdes, espíritus y vuelos de pájaros supuestos. La fogata alumbra su cara de indígena y dibuja otros mil rostros. Permanece con los ojos bajos, con su corona de plumas, recluido en una visión sideral. Me recuerda a un buda, un mago, un cuervo, un guerrero, un santo, un acalorado alquimista. A un diablo, una serenidad inmemorial, un arquetipo desconocido, a un hombre de la tierra de los atlantes.

El fuego arrulla ritmos entre las secas maderas. Entonces allí, levanta sus ojos violetas, grandes, adornados de negros y de blancos, y me mira directo a los míos. Mira mi alma y entra en mi espíritu para cantar con mi voz. No se que idioma tiene, pero comprendo cada uno de sus rituales. El del amanecer, el del atardecer, los que eleva a los elementos, al gran espíritu, a la madre. A todos los entiendo, más cuando comprendo lo que está pasando, bajo mi vista porque siento que no lo merezco.

El espera hasta que vuelvo a estar a la mira, y sigue esperando con una pétrea dulzura, hasta que por fin yo me animo y dejo que su melodía, limpia e inspirada, eleve mi copla. Canto y las cosas se avecinan, los tormentos desaparecen, la comprensión se corona y mi aliento se eleva. Canto y dejo de ser ciudad, para convertirme en tierra y en estrella, en ríos y árboles, en presencias que nunca han partido. Canto, porque no puedo resistirme, ni quiero. Canto porque amo a la india que ha resucitado en la mujer que está a mi lado.