12.12.05

Música

Caminando por la calle principal de esta ciudad que se ha encerrado en sí misma como un corno inglés; de repente, cansado ya de la levadura de las carcachas ambulantes, me transfiero a una playa de pescadores. Creo que me ayuda mucho el acorde que sale de la casa de discos, la marea oceánica que crece en ese momento oportuno, y este afán de poblar dimensiones paralelas que he legado. Todo aquello se impone a las bocinas de los medradores y ya camino por otras latitudes que orquestan nuevas partituras, que han sido siempre iguales. Las redes que rasgan la arena, los coletazos húmedos de los pescados, los gritos de júbilo por la buena pesca, las barcazas que golpean también sus manos. El infinito ruido blanco y el sol que pone una nota insondable, dorada, eterna que nadie parece escuchar pero que todos oyen.

Allá, en los médanos anaranjados de muchos atardeceres, espera el otro pescador con su cuerpo renovado e impone un silencio en el medio de los sonidos acampanados. Me mira con sus ojos de arco iris, para decirme que está de vuelta y confirmarme que el mundo está llegando al final de un ciclo oscuro. Allá, me señala, a unos pocos metros, comienza el nuevo día. Un “Tuuuuu” con efecto doopler, me devuelve a la superficie del destino de antemano. Casi me pisa un taxi, tan amarillo como la última imagen de aquella playa, imagen que se desvanece en un punto que mi cabeza busca girando, como si fuera sorprendida por la nota de un oboe arcangélico o por la trompeta del juicio que se está llevando a cabo. Los insultos del taxista me saben a palabras sagradas y no me asusto de ver una batuta en mi mente, porque ya conozco de quien es esa mano.